La música sabe lo que busca.
No nos dimos cuenta.
El cambio fue radical. Las nuevas tecnologías llegaron de la noche a la mañana. Pero para ese entonces, nuestro cerebro estaba tan acostumbrado a tener aparatos nuevos, que casi no paramos a pensar en las grandes diferencias que se estaban generando. En diez años, la manera en la que accedemos a la música ha cambiado tan radicalmente de cómo venía funcionando durante los cincuenta años previos, que ni el público, ni las grandes corporaciones saben muy bien cómo funcionan las nuevas reglas de juego. Esto no un misterio.
Millares de personas están explorando este fenómeno. Y los artículos que ponderan sobre las posibles consecuencias de estar en una era de descargas y piratería, se acumulan cada día. Al igual que sucedía con los Apocalípticos y los Integrados de Umberto Eco, tenemos entusiastas de la nueva era, que hablan de la democratización de la producción y distribución. Mientras que por otro lado tenemos detractores escépticos de la blogosfera, que consideran que el arte se viene vanalizando, y que con la sobre oferta de producto se valora cada vez menos las creaciones musicales. Lo que un día es novedoso y genial, queda en el olvido a las pocas semanas, cuando se encuentra una nueva banda Indie que deslumbra.
Pero igual seguimos sin darnos cuenta. Para la gente de mi generación, los nacidos de 1980 en adelante, los discos de vinilo son una rareza vintage que coleccionan nuestros padres, o se usan en decorados de boliches con onda. Cada tanto, uno se cruza con ese sibarita que los colecciona porque realmente valora el sonido levemente crudo pero tangible que sale cuando la púa surca el material sacando notas. Es una forma de romanticismo delicioso, porque en plena época de chips y lásers que nos traen la música que nos gusta, la reproducción "mecánica" parece cosa de brujos. Resulta irónico pensar que a las generaciones mayores les sucede algo similar pero con nuestros aparatos y programas que reproducen exactamente la misma música.
En nuestra generación, los casetes fueron ese maravilloso mecanismo de registro, que a diferencia del vinilo, podía ser fácilmente grabado por encima. Rara vez nos ponemos a pensar que prácticamente todos los adolescentes del planeta dedicaban tardes enteras a armar compilados de sus canciones favoritas, grabándolas de otros casetes o directamente de los programas de radio. Lo único malo, es que no siempre uno encontraba la música que le gustaba. Esos fueron los años, en los que conocer bandas nuevas y comprar sus discografías no era nada fácil. Habían algunas tiendas de discos, que en su mayoría vendían lo que sonaba en la radio. Y habían revistas de rock, cuando la lectura de material impreso todavía era la principal vía para informarte de cosas fuera de lo mainstream. Y también existía MTV como un canal de música, y no como principal emisor de excremento televisivo, donde a veces, uno descubría bandas fenomenales. El resto del tiempo, pasaban la mismas cosas archiconocidas que sonaban en la radio.
Creo que las mejores fuentes para conocer buena música de esa época eran los hermanos mayores. O el pibe un poco más grande que vivía un par de pisos más arriba.
Los CDs vinieron no mucho después de los casetes, pero no considero que hayan revolucionado demasiado las cosas para el público. Sonaban mejor que el casete, pero no podías grabarle por encima. Al menos no hasta mediados de los noventa, cuando de a poco, las computadoras fueron facilitando el proceso. Para nosotros, la revolución del CD fue invisible, pero para la industria musical fue algo colosal. Durante las décadas de los ochenta y los noventa, el margen de ganancia estuvo lo bastante por encima de los costos como para que la industria sintiera pánico cuando aparecieron las nuevas tecnologías.
A mediados de los noventa, un CD de cualquier banda salía normalmente unos dieciséis dólares. Y se vendían de a millones. Cuando la música empezó a circular en formato digital, con el surgimiento de MP3, los precios de los discos se mantuvieron, pero las ventas bajaron. Y ese declive continúa cada vez más pronunciado, con la aparición de ITunes y la piratería rampante. Hoy en día la música que uno quiere se consigue con tan solo hacer *click* en el link adecuado.
Los blogs que discuten nuevas bandas se multiplican como por mitosis, los portales y buscadores se especializan, permitiendo al usuario encontrar exactamente lo que está buscando. Los nuevos aparatejos permiten armar compilados, pero no de diez canciones en el lado A y otras tantas en el B, sino de centenares o miles, y que pueden irse modificando en cualquier momento, en lugar de que quedar permanentemente grabadas en la cara platinada de un CD.
Si uno quiere encontrar música en Internet, sólo necesita entrar a Google y escribir "Cómo encuentro música en Internet". Es incluso tan sencillo cómo ir a Youtube y poner el nombre de la banda o canción que uno quiere escuchar, porque el portal de videos es la segunda fuente más utilizada en el mundo para escuchar música.
Igual, y aunque esto pueda parecer insoportablemente cursi, yo soy de la idea de que incluso en estos días, no somos nosotros los que encontramos la música que nos gusta... es la música la que nos encuentra en un momento particular, y nos sacude hasta el esqueleto.
Y no nos damos cuenta, de que cuando eso sucede, tratamos de tener esa música a nuestra disposición, sin importar lo mucho que cambien los formatos y dispositivos para poder escucharla.